Oscuridad en aquella pieza, desde pequeñas rendijas asomaban lentamente hileras de luz resplandeciente. En una esquina una muñeca sin un brazo tirada y a su lado su dueña. Zapatos de charol polvorientos y las blondas de aquel vestido que alguna vez fue blanco colgaban suicidamente. Marilín seguía esperando que su padre levantara el castigo.
Resulta que una vez en sus días de travesuras se encontraba tan aburrida que se puso a pensar en como animar a su padre, porque aquella mañana había salido de casa enojado diciendo “¡cómo quisiera tener buena suerte!”. La niña recordó que alguna vez había escuchado en la televisión algunos secretillos para tener buena suerte en uno esos programas esotéricos, y así se puso a pensar en cómo tener suerte para su papi. Aquel día se lamentaba ya que después de estar casi tres horas tendida en el pasto no había podido encontrar ni un solo trébol de cuatro hojas, ni un solo bendito trébol, fue sólo tiempo perdido.
“¿Qué hacer?” se preguntaba, “¡ah! pero… ¡claro!” se acordó de la típica pata de conejo, ¡ERROR! No tenía conejo, sólo tenía a su gato “El panzón Clemente”; un gato flojo, obeso mórbido que se tendía todo el día frente al fuego. “¿No se parece a un conejo?” se cuestionaba, pero algo hizo clic en su cabeza, esa mirada suspicaz resplandecía, algo tramaba. Y Procedió. Buscó una tijera, un marcador rojo, regla y los dejó en la alfombra, luego corrió a la alacena y sin que mami la viera sacó un tarro de sardinas enlatadas “Doña juanita”, y pensó “el Cleme va estar feliz”.
Pobre glotón, firmaba a cada bocado su sentencia de muerte. -“Hmmm…tres centímetros desde el dedo a la rodilla ¿es la rodilla o el talón?”-. Se preguntaba, y marcó la pata blanca del animal. Clemente ignorando los planes de su adorada ama comía y babeaba toda la alfombra. Al felino no siempre le agradaba jugar con Marilín casi siempre recibía uno que otro golpe pero sabía que era parte de intercambio afectuoso de los humanos. ¡¡Cuidado Clemeeee… que te va doler un poquitooo!!... la tijera no era muy filosa, pero logró su objetivo.
Papi jamás entendió que era para la buena suerte y tampoco creyó que era de un conejo y mucho menos después de ver como clemente se arrastraba por la casa maullando alaridos. La encerraron en el desván en el viejo y feo húmedo desván, como a una vil criminal a la edad de ocho años. Su pena máxima a cumplir, era indefinida. Se podría decir casi perpetua.
Y por alguna razón (aparte de la evidente), sus padres al parecer se olvidaron de ella, y se mudaron dejándola ahí, sola en aquel lugar oscuro. Sí, pasaron los días y ella seguía esperando que apareciera la figura de su padre pero no. Lo llamó varias veces durante el día “perdón papi” decía entre gemidos mientras chupaba su dedo y abrazaba su muñeca. “Nunca más le haré eso al Clemente” divagaba mirando pasar las luz del día entre las rendijas de su nueva habitación. Ratas, alimañas, arañas la acompañaban y a veces servían de amistad o hasta de alimento. Sí, Marilín se mantenía viva como podía, pensaba en su dulce deseo de dar un poco de suerte a su padre, poco a poco la reclusión más que arrepentimiento le estaba ayudando a reflexionar más detenidamente, que en el fondo nadie valoró realmente su fin último, nadie apreció su preocupación sus ganas de ayudar a papá...
Puede continuar.... en una de esas...
Puede continuar.... en una de esas...

cuando podremos deleitarnos con la continuacion???
ResponderEliminarseguimos esperando...